26 septiembre 2013

El mejor país del mundo


Cada día se hace más difícil creer que vivimos en "el mejor país del mundo". Se multiplican los motivos para preguntarse: el mejor, ¿en qué?, y sobre todo, ¿cómo para qué?

El mejor país es aquel donde las personas encuentran las condiciones idóneas para realizarse y ser felices, pero Venezuela hace mucho tiempo que dejó de ser –o parecer– ese lugar. Desde el momento en que vemos restringidos nuestros derechos, como el de circular libremente por el territorio nacional, acceder a los bienes de primera necesidad, disfrutar de los servicios básicos, gozar de seguridad ciudadana y de seguridad jurídica, o elegir libremente a nuestros gobernantes, por mencionar algunos de los principales, entendemos que el Estado se fortalece brutalmente a costa de nuestra vulnerabilidad.

En Venezuela tenemos hoy en día una crisis moral tan profunda, que no bastarán cien años para devolverle a nuestra sociedad la decencia perdida. La corrupción se ha hecho masiva, está tan metida en todas partes que es imposible no percibirla, no sentir su áspero roce cuando pasa a nuestro lado o cuando se nos planta de frente, sin ninguna vergüenza, y nos desafía. En los supermercados y en los abastos, en los tribunales y en las notarías, en los bancos y en las compañías de seguros, en los destacamentos y en las alcabalas, en los hospitales y en las clínicas, en las escuelas y en las universidades, en las gobernaciones y en las alcaldías, en las empresas y en los comercios, en los autobuses y en los taxis, en el Metro y en los aeropuertos, en las aduanas y en las marinas, en los centros comerciales y en las buhonerías, en la Guardia Nacional y en las policías..., nada se consigue por las buenas, por la vía regular, por los medios legales.

La corrupción es la regla, porque la honestidad se ha vuelto excepcional, y se duda de cualquiera que sea –o intente ser–  honesto; el que se comporta bien está mal visto, como si trastabillara fuera del riel por donde se supone que debemos caminar si queremos obtener una respuesta, o solucionar un problema, o recibir justicia, incluso si lo que tratamos es de hallar un litro de aceite, o un poquito de silencio en el barrio, o un asiento en el vagón del Metro.

Si Venezuela es, según algunos, el mejor país del mundo, seguramente lo es para quienes delinquen, porque gozan de impunidad; para quienes negocian con los bienes del Estado, porque gozan de privilegios; para quienes abusan del poder, porque nada los limita; para quienes el fin justifica los medios, porque la revolución da para todo, principalmente para violar la Constitución, para perseguir y reprimir, para condenar sin necesidad de juicio previo, para corromper y ser corrompido sin ninguna consecuencia.

En nuestro país, que no es ni de lejos el mejor del mundo, hace falta mucho de familia, de formación de hogar, de educación de padres, de principios y valores enseñados a través del ejemplo, de constancia en el trabajo, de disciplina en los deberes, de orden en la casa de cada cual, de tolerancia y respeto por el otro, para llegar a tener patria.

12 septiembre 2013

Derechos a tajos por los atajos


La Asamblea Constituyente de 1999 parió a la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, que contiene un menú de lo más completo en materia de derechos humanos. ¿Para qué ha servido? Durante el imperio de la plaga revolucionaria, para que los esbirros de la represión y la muerte les hayan hecho un tajo a cada uno, comandados y/o respaldados por un régimen autocrático que se ha manifestado de muchas maneras enemigo acérrimo de los derechos humanos, de la libertad, de la democracia y de la Constitución.

Ahora, habiendo denunciado la Convención Americana de los Derechos Humanos, ya lo es explícitamente. Renuente a permitir visitas de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos al país, contumaz ante sus informes y recomendaciones, reacia a respetar, acatar y cumplir los fallos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la decisión del régimen ha pretendido dejar fuera de la jurisdicción de ésta al Estado venezolano, aduciendo que el mecanismo de protección de los derechos humanos deja en el desamparo a los gobiernos y los obliga a obedecer sentencias dictadas con ojeriza. Grosso modo, tal fue el argumento del difunto cuando ordenó el estudio para la denuncia de marras.

Se equivocan los que piensan que este retiro favorece al gobierno ilegítimo y salva a sus integrantes, directos e indirectos, de las consecuencias derivadas de las violaciones que hayan cometido o de las que cometan contra los ciudadanos venezolanos y contra la Constitución. Los derechos humanos son inalienables, irrenunciables e imprescriptibles, y junto al umbral cuya puerta han cerrado, se han de abrir otros muchos atajos por donde seguirán transitando carretas llenas de denuncias de víctimas que no estarán dispuestas a callar.

17 mayo 2013

Las cuitas de Mario Silva


Mario Silva, el más inmoderado y soez de los voceros del régimen chavista hoy espurio, se convirtió en noticia de primera página esta semana al recibir un poco de su propio veneno. El dirigente de oposición Ismael García logró obtener un audio en el que se escucha una conversación entre el susodicho y un funcionario del G2 cubano de nombre Aramis Palacios, que le está dando la vuelta al mundo por las revelaciones que contiene.

“Deprimido y arre…batado”, Mario se confiesa con Aramis, cual pecador atormentado por la mala conciencia, pero no la suya, sino la de los otros, los falsos comunistas, los traidores de la revolución, los corruptos que se lo roban todo, los conspiradores que quieren derrocar al lerdo, de cuya capacidad para estar donde lo pusieron dudan hasta sus propios aliados. Mario le pinta dibujitos de CADIVI y del SENIAT a Aramis, y Aramis se los aprende como si fuesen mapas, mientras despacha rápidamente las llamadas telefónicas inoportunas. Entre un dibujito y otro, la confesión deviene en chisme y Mario le pone morados los ojitos azules a Diosdado. Mario, a cuenta de que es calvo, le cae a Cabello con todo lo que le amarga la vida y lo deja tendido en la lona, por malagente y quintacolumna.

Es que Mario sabe mucho, y el peso de tanto zurullo le está formando una giba en el cielo de la boca, por eso se desahoga con Aramis, el buen oyente, que apenas dice una que otra frase incompleta. ¡Cuánto han aprendido los cubanos en medio siglo de rutinas silenciosas! Mario, en cambio, no se detiene, haciendo gala de su feraz vocabulario escatológico, se comporta como un amante desairado que rumia sus penas y ejecuta su venganza despotricando del que se llevó a su amada.

Entre alicaído e irascible, habla de lealtades y traiciones. Aramis para las orejas, porque si hay algo que le interesa saber al tío Raúl es quiénes son los que marchan por la calle del medio y quiénes los que se arrastran en las sombras. Mario dice que Molero -a quien tutea, así de pana- es un “operador”, o sea, es burda de leal, es de los que raspan el sable en el asfalto de la calle y si hay que dejarla manchadita de plasma, pues se deja y punto, sino para qué es Ministro de la Defensa, ¿verdad?

Por el hombrillo, en cambio, una tal “Cruela” Cestari camina a la sombra, como dice Mario que deben caminar las mujeres de los caudillos, pero ni Nicolás es un caudillo ni la mujer de Nicolás es la Cestari, su mujer es Cilia Flores -a quien, dicho sea de paso, una promesa aún no cumplida la tiene vestida y alborotada-. Así será el alboroto, que hasta invitaron a unos artistas con pinta de “oportunistas” para que le cantaran a Nicolás, y el pánfilo, en vez de cantar con ellos, quedó fascinado contemplándose a sí mismo en una suerte de transfiguración mística, allá en el Cuartel de la Montaña, que ya desplazó a la montaña de Sorte. Dice Mario que no le gustó nadita ni una cosa ni la otra, y que él no se mete en los misterios del más allá desde que Marx le advirtió que si quería fumar, ese no era el opio bueno, pero como Marx era alemán y Mario es venezolano, no pudo evitar que en su “malvada y maquiavélica cabeza” entrara de sopetón el fantasma de Diógenes Escalante.

Sin embargo, eso no fue nada comparado con el susto de espanto y brinco que le pegó el cacerolazo del 23 de Enero. ¡Cuánta ingratitud! Mario se estruja la nariz y recuerda a Fidel cuando le dijo “que él no entendía por qué Chávez no había terminado con las elecciones burguesas”. Mario se responde solito, esgrimiendo un argumento fidelista que corta de un solo tajo cualquier cabeza pensante, sencillamente “porque el pueblo se equivoca”, por lo tanto, él, que se cree tan infalible como aquel, “está absoluta y totalmente de acuerdo”. Vaya uno a saber qué piensa Aramis al respecto.

A estas horas, Mario sigue lloriqueando sobre el hombro de Aramis, el buen oyente que ni siquiera bosteza. Le confiesa que tiene miedo, que está deprimido, que está furibundo, que está metido en un mar lleno de heces, infestado de tiburones cuyas feroces dentelladas están acabando con la balsita revolucionaria, y que si Nicolás no manda a Cilia para la cocina y de una vez por todas coge el timón con ambas manos, la maltrecha balsita, que ya deriva y mucho, se hundirá irremediablemente -a Dios gracias- en el mero mar de la infelicidad.

Colorín, colorado, este cuento aún no ha acabado.

26 abril 2013

La intransigencia del Poder Electoral


La institucionalidad de un país depende fundamentalmente del vigor de su Constitución y de sus leyes. Sin estos instrumentos no existe la menor posibilidad de gobernar legítimamente dentro de ciertos límites, ni de lograr que los ciudadanos conozcan el modo de ver garantizados sus derechos y de asumir la responsabilidad de su conducta cívica.
Un Estado queda al margen del Derecho y de la Justicia desde el momento en que quienes detentan el poder político degradan la Constitución, desconociéndola como norma fundamental reguladora del ejercicio de su autoridad. Muta, entonces, inevitablemente, a un Estado anómico en el que los órganos del Poder Público incrementan su poder a medida que se exceden en sus funciones y manipulan las leyes según la conveniencia de los fines que persiguen. El comportamiento de la sociedad frente a este tipo de situaciones es lo que, en definitiva, determina el triunfo o el fracaso de tales acciones. Sin embargo, siendo la sociedad un ente heterogéneo conformado por diversos sectores con creencias, opiniones, problemas e intereses distintos, los liderazgos sociales y políticos constituyen el elemento primordial para la canalización y satisfacción de todos esos factores.
En estos casos, una cualidad necesaria en el liderazgo político es la coherencia del discurso y el respeto por los derechos y las expectativas de los ciudadanos, por los principios constitucionales y por los procedimientos establecidos en las leyes para resolver conflictos como el que ha surgido a raíz de la elección presidencial del 14 de abril.
Henrique Capriles, líder de la oposición, ha sido coherente e insistente en su requerimiento de una verificación ciudadana de los resultados electorales. Porque existe una duda acerca de éstos, porque el margen de diferencia es apenas del 1,83%, porque el Rector Vicente Díaz tuvo razones para sugerirla, porque las demás rectoras no estuvieron de acuerdo con su colega, porque 54% no es igual a 100%, porque el país no quedó convencido de la veracidad de dichos resultados.
 La solicitud ha desatado reacciones imprudentes en las rectoras del Consejo Nacional Electoral. En conjunto o por separado, sus declaraciones abundan en tecnicismos que lejos de ajustarse a lo que establece la legislación electoral, se encuadran en una interpretación voluntarista de la Ley. Actitudes cerradas e intransigentes como estas son las que nos hacen dudar de la imparcialidad y transparencia del árbitro electoral, y hay sobradas razones para cuestionar sus argumentos, puesto que carecen de fundamento jurídico. Además, la proclamación y juramentación precipitadas de Nicolás Maduro como Presidente de la República ha conseguido alimentar las sospechas de nuevos vicios sobre un proceso electoral plagado de irregularidades. 
El Poder Electoral se ha erigido como un muro contra el que rebotan, una y otra vez, la voz y el voto de la mayoría de la sociedad venezolana. Aduciendo la “irreversibilidad” de los resultados electorales, pretenden desconocer nuestro derecho a exigir que se cuente la totalidad de los votos, y tratan de evadir su obligación y responsabilidad remitiendo a los solicitantes (que somos la mayoría del país) a impugnar las elecciones por ante la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, cuya Magistrada Presidente se pronunció indebidamente por anticipado.
La importancia de la verificación ciudadana consiste nada menos que en otorgar la legitimidad necesaria al candidato que resulte favorecido por la mayoría de los votos para asumir la Presidencia de la República.

19 abril 2013

Al borde de la ingobernabilidad

No recuerdo cuándo fue el último momento de paz que vivimos en Venezuela. Desde 1999 nuestra rutina se caracteriza por lo que se nos quita o por lo que perdemos, ya sea la paz, las libertades, la vida o las elecciones.

Ahora se nos quiere arrebatar el derecho a manifestar públicamente nuestra protesta contra la negativa del Consejo Nacional Electoral a respetar nuestro derecho de verificar el resultado electoral mediante el conteo ciudadano de la totalidad de los votos.

La foto actual del país refleja la anormalidad de nuestra realidad: por un lado, los órganos del Poder Público alineados a favor del candidato oficialista, recién proclamado ilegítimamente Presidente de la República. Una proclamación desesperada, impulsada por el miedo y la culpa de quienes cometieron fraude electoral y cuyas tramposerías quedarían desveladas mediante el conteo del 46% de los votos restantes. Una Asamblea Nacional cuyo presidente cercena el derecho de palabra a los diputados de oposición. Una Fuerza Armada beligerante y militante que defiende sus propios votos y destruye los votos del adversario.
Por el otro, poco más de la mitad de los electores a la que aquéllos pretenden ignorar, junto a un líder que se agiganta en cada nueva intervención pública, que en apenas diez días sumó casi un millón de electores a su propuesta, que denuncia con pruebas en la mano un sinnúmero de irregularidades y exige que se cuenten todos los votos para determinar con claridad cuál de los candidatos alcanzó la mayoría.

En respuesta, la ineptitud de un gobernante espurio incapaz de conciliar, ni siquiera de entender la crisis que se agudiza con las horas en todos los sectores del país. Un individuo sin liderazgo propio y sin autonomía, que obedece órdenes de dictadores extranjeros, y enloquecido amenaza con desatar la violencia. Un títere de los hermanos Castro que infiltra hampones entre los manifestantes pacíficos, prohíbe las protestas, criminaliza los justos reclamos y ordena opacar el ruido de las cacerolas con fuegos artificiales.

La responsabilidad de las rectoras del Consejo Nacional Electoral es aún mayor por cuanto su renuencia a admitir que se cuente la totalidad de los votos es lo que ha generado el descontento y la debacle de estos días. Tibisay Lucena se equivoca y mucho al desafiar la voluntad de la mayoría de los electores negándonos el derecho a comprobar los resultados electorales.

Si el oficialismo, incluidos los representantes de todos los poderes públicos, no cambia de actitud, le será prácticamente imposible gobernar a un país dividido y destruido por el odio, la intolerancia y la violencia.

11 abril 2013

No vale rendirse ahora

Tengo catorce años saliendo a marchar con los mismos güachicones y mi bandera en ristre cada vez que se ha convocado a una manifestación para protestar contra la revolución chavista y el socialismo, contra las medidas de este régimen, contra el autoritarismo de quien fuera su líder, contra la ilegitimidad de los actuales usurpadores del poder político, contra todo lo que ha significado violación de derechos humanos, represión política, restricciones a la libertad, fraude constitucional, violencia, impunidad e intolerancia.

Tengo catorce años recibiendo insultos, amenazas y maldiciones; escapando de los gases lacrimógenos, los perdigonazos y las balas; siendo excluida y confinada a limitadísimos espacios de participación ciudadana. Tengo catorce años tecleando incansablemente mi defensa a ultranza de la Constitución y las leyes, de la Democracia y la libertad, de los Derechos Humanos y los valores morales, de la institucionalidad y los límites del poder.

Tengo catorce años llevando palo en cada evento electoral. De 13 comicios que se han realizado, me he abstenido una vez de participar y he perdido 11 veces mi voto. Hay que ver lo que significa que a uno le apaleen el ánimo tan duro y tan seguido. Alguno podría pensar que no es una conducta normal, y que al cabo de tantos intentos fallidos mejor sería replegarse y desistir. Quien así piense no ha vivido nunca en dictadura, y por lo tanto no sabe de lo que es capaz un individuo o un pueblo por recuperar la libertad.

Tú y yo y millones de nuestros compatriotas sí lo sabemos, porque en mala hora nos ha tocado enfrentar a este monstruo de seis cabezas y tentáculos feroces contra el que hemos luchado de muchas maneras distintas, y a fuerza de votar y de perder hemos aprendido que el voto es el arma más eficaz que existe para vencerlo, aun cuando tengamos que ejercerlo en condiciones desiguales, a pesar de la dudosa imparcialidad del árbitro electoral, del ventajismo oficialista y de la intransigencia de todos los poderes públicos.

Si hemos guapeado durante catorce años, remendando la esperanza tras cada desilusión, reemprendiendo la marcha tras cada estampida, retomando la lucha tras cada derrota, no vale rendirse ahora, cuando el creador del monstruo ya no está, y lo que queda de éste es una inmensa piltrafa con seis cabezas bamboleantes picoteadas por los buitres.

Iré a votar el próximo 14 de abril con mis viejos güachicones, mi esperanza reluciente y la convicción de que esta vez, contra todo pronóstico, no perderé mi voto. Iré a votar pensando en la Venezuela que quiero y en todo lo que no quiero para ella ni para mi. Iré a votar confiando en que tú también irás, porque nadie puede hacerlo en tu lugar.

14 abril 2010

Los tres poderes soy yo

Recomiendo la lectura del siguiente artículo, cuyo autor es el Dr. Pedro Salazar Ugarte, constitucionalista mexicano, en el cual narra su experiencia en Caracas, en diciembre de 2009, y desvela, desde su óptica de visitante, nuestra realidad urbana, política y judicial.

Notas de un constitucionalista perdido en Caracas

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16 marzo 2010

El TSJ vuelve a tomar una decisión en su beneficio

En 2007 modificó el criterio para cancelar el ISLR, favoreciendo a quienes más ganan

La decisión del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) de aprobar una resolución mediante la cual la mayoría de sus integrantes se podrán jubilar con sus actuales sueldos y podrán seguir en sus puestos hasta que venzan sus mandatos, si así lo desean, ha vuelto a colocar sobre el tapete el tema de las remuneraciones de los magistrados del máximo juzgado.

La profesora de Fisolofía del Derecho de la Universidad Católica Andrés Bello Liliana Fasciani, en un artículo publicado en su blog, aseveró que la medida busca proteger los ingresos de los miembros del alto tribunal de las disposiciones de la Ley de Emolumentos, la cual fija en 12 salarios mínimos el tope de las remuneraciones de los altos funcionarios.

"El espanto ante tan sustancial desmejoramiento de su calidad de vida les ha hecho reaccionar de una manera completamente distinta de la que se espera de revolucionarios auténticos, incondicionalmente comprometidos con el socialismo del siglo XXI, irreductibles defensores de la justicia social y la igualdad de todos y entre todos. Así que los magistrados del TSJ se dejaron de utopías estériles y decidieron ponerse creativos. Pero, esta vez, de la invención no surgió una sentencia complaciente que enarbola los soberanos derechos colectivos del colectivo soberano, sino una resolución artera y desesperada con fines eminentemente individualistas y materialistas. Se apresuraron, pues, a asegurar sus intereses económicos a futuro, mediante una argucia seudojurídica que les permite jubilarse sin desincorporarse de sus cargos", afirmó la catedrática.

La defensora del Pueblo, Gabriela Ramírez, estimó que la resolución fue aprobada en un momento inoportuno y aseveró que "jurídicamente no es posible ser jubilado y continuar en el cargo".

En 2007 el TSJ ya estuvo en el ojo del huracán cuando la Sala Constitucional, a través de una sentencia, reformó el ar- tículo 31 de la Ley del Impuesto sobre La Renta (ISLR), modificando el criterio para calcular este tributo.

En el fallo se estableció que el impuesto debía ser pagado tomando en cuenta solamente el salario, sin los bonos y remuneraciones adicionales.

El pronunciamiento provocó airadas reacciones desde la Asamblea Nacional, donde se llegó a decir que los magistrados de la Sala Constitucional eran "unos mafiosos" que debían estar "en la cárcel".

En ese momento diputados como Carlos Escarrá (PSUV) acusó a los miembros de la instancia judicial de tomar una decisión para proteger sus bolsillos, sin tomar en consideración los intereses nacionales.

Juan Francisco Alonso
EL UNIVERSAL

08 junio 2008

Las caras de la revuelta

Por María Jesús Hernández





Daniel Cohn-Bendit

Icono de la protesta. Conocido como 'Dany el rojo', este anarquista de 23 años pelirrojo y desaliñado fue uno de los 'Ocho de Nanterre' que prendió la mecha al 'Mayo francés'. Tras encabezar la revuelta en la Soborna y ser detenido, el Gobierno aprovechó un viaje que realizó a Holanda para prohibirle la entrada al país. Volvió diez años después. Hoy es eurodiputado verde, y en su libro 'Forget 68' pide que se olviden las barricadas porque ya no existe el mundo contra el que se rebeló.

Alain Krivine y Alain Geismar




Figuras destacadas y voceros durante las barricadas. Geismar es un ex líder maoísta que, con motivo del 40 aniversario, también ha querido ofrecer su visión de los acontecimientos en el libro 'Mi mayo del 68'. Por su parte Krivine (en la imagen), que tras los acontecimientos pasó a trabajar de periodista en la publicación 'Rouge', ha sido hasta 2006 uno de los tres portavoces de la Liga comunista Revolucionaria, formación de extrema izquierda con ideas trotskistas.

Gilles Tautin



Aunque para la gran mayoría la revolución terminó con el mes de mayo, las primeras jornadas de junio también acogieron acontecimientos relevantes. El más importante: la muerte de Gilles Tautin, un joven de 17 años que se ahogó cuando trataba de escapar de una carga de los CRS el 10 de junio. Algunos testigos aseguraron que no sabía nadar y que la policía le obligó a tirarse al río.

Jean-Paul Sartre



Con una filosofía política propia, el escritor francés tuvo un papel destacado en las protestas: se solidarizó con el movimiento estudiantil entrevistándose con 'Dany el rojo', hasta llegar a convertirse en un portavoz más de la sublevación. El 19 de mayo fue aclamado por una multitud concentrada en la Soborna y alrededores. Con el final del Mayo Francés, decidió poner en marcha el periódico 'Libération', que recogía el espíritu del levantamiento universitario.

Alain Touraine



Este sociólogo francés fue uno de los defensores de los 'Ocho de Nanterre'. Tourine estuvo encargado de acompañar a Daniel Cohn-Bendit y a sus compañeros a la Soborna para luchar por sus derechos. También se sumó a las huelgas y protestas, pidiendo la reapertura de la universidad más importante del país galo. Estos acontecimientos han marcado una etapa de la obra de este prestigioso investigador, centrada sobre todo en los movimientos sociales.

Jacques Sauvageot



Dirigente de la UNEF (Sindicato estudiantil), fue detenido junto a Daniel Conh-Bendit por agitador. Ejerció como vocero en la sublevación y reivindicó el «poder estudiantil», «las tradiciones anarquistas» y «la autogestión de las empresas por los trabajadores», todo ello apelando al legado de «las revoluciones francesas del siglo XIX». Cuando todo terminó, se sumergió en la enseñanza.

Georges Sèguy



Líder de la confederación de trabajadores y miembro del Comité Central del PCF (Partido Comunista Francés), participó en la negociación de los acuerdos de Grenelle. Su actuación refleja el giro 'oportunista' que dio la formación comunista en torno al conflicto. El 7 de mayo Sèguy alertaba sobre los «elementos turbios y provocadores que denigran a la clase obrera acusándola de haberse aburguesado» (aludiendo a los estudiantes), y jornadas más tarde, —cuando los trabajadores se sumaron al levantamiento— el partido secundó y participó en las conversaciones con el Ejecutivo, con Séguy al frente.

André Glucksmann



Filósofo y ensayista francés de padres judíos, Glucksmann participó en Mayo del 68 como militante maoísta y simpatizante de la ultraizquierda. Pero las cosas y las ideas cambian: apoyó la candidatura de la derecha, encabezada por Nicolas Sarkozy, en las últimas elecciones generales francesas.

Charles de Gaulle



General, político, escritor y una de las grandes figuras de la historia contemporánea gala. Tuvo que afrontar lo que en un principio parecía una rabieta de niños malcriados. Tras diez años como presidente de la República, no le tembló la mano a la hora de ordenar represión contra los sublevados. Con Mitterrand en la oposición pidiendo su cabeza, De Gaulle disolvió las cortes y adelantó las legislativas, que ganó. Dimitió en 1969 y abandonó la política.

Georges Jean Raymond Pompidou



Trabajó mano a mano con De Gaulle. Se dice que fue él quien le propuso al presidente la disolución de la Asamblea Nacional, que resultó un golpe de efecto contra la izquierda. El entonces primer ministro fue el encargado de negociar con los sindicatos la mejora de los salarios, pero tuvo que renunciar a su cargo por cuestionar algunas decisiones del general. Pompidou se convirtió en presidente de Francia al dimitir De Gaulle, en 1969. Muere de cáncer en 1974 sin finalizar su mandato.

Cortesía de José Alberto Medina Molero

07 abril 2008

Clave para conseguir una política exterior más moderada: ¿Modificar la subcontratación de la defensa?

Por Ivan Eland*

Durante los primeros días de la administración Clinton, Colin Powell, por entonces Jefe del Estado Mayor Conjunto, sintió nauseas cuando Madeleine Albright dio a entender que debido a que los Estados Unidos poseían unas enormes y estupendas fuerzas armadas, debían estar dispuestos a utilizarlas promiscuamente en el exterior. Tras la debacle en Irak, el creciente grupo de aquellos que desean una política exterior más moderada—liberales, conservadores, libertarios e independientes—debería todavía estar sintiendo nauseas.

Así, la problemática e hiperactiva política exterior estadounidense no surgió con el presidente George W. Bush, sino que ha existido a través de las administraciones demócratas y republicanas desde que Harry S Truman era presidente. A pesar de que George W. Bush fue especialmente incauto e incompetente al intentar el fiasco de su armada edificación de naciones en Irak, la hiperactividad en los asuntos extranjeros de los EE.UU. es principalmente estructural.

En otras palabras, existen presiones dentro de lo que el presidente Dwight Eisenhower denominó “el complejo militar industrial” para utilizar en abundancia a los militares en el exterior a fin de justificar la adquisición de grandes cantidades de costoso equipamiento militar fabricado primariamente aquí en el país. La mayor parte de la industria de la defensa de los EE.UU. está constituida de manera ostensible por empresas privadas, ya sea con ninguna o solamente pequeñas cantidades de empresas comerciales, que esencialmente se han convertido en protegidas del Estado. Esta entusiasta industria de la defensa opera en colusión con los servicios militares, para inflar las amenazas a fin de justificar la necesidad de comprar cuestionables armamentos, y con representantes parlamentarios, para hacer que los contribuyentes paguen la cuenta de esas armas innecesarias. En verdad, cuando los grandes contratistas de la defensa escogen a subcontratistas, no lo hacen sobre la base de obtener el mejor subsistema al mejor precio (tal como se hace en el mercado comercial), sino para desparramar los subcontratos sobre tantos estados y distritos parlamentarios como sea posible, para ampliar el apoyo político a favor del programa de armas. Así, se torna prácticamente imposible terminar con un sistema de armas, incluso si el costo se ha vuelto exorbitante, su desempeño ha sido pobre, su cronograma se ha incumplido, o los acontecimientos mundiales lo han tornado irrelevante.

Un destacado ejemplo recientemente publicitado de este problema endémico mucho mas grande es el esfuerzo de Lockheed Martin de modificar a los existentes helicópteros (EH-101) con nuevos sistemas de comunicaciones y defensa ultramodernos para crear los VH-71, una flotilla de 28 helicópteros para transportar al presidente en viajes breves hacia y desde el Fuerza Aérea Uno, su avión de comando jumbo-jet Boeing 747. La Marina, para obtener el nuevo helicóptero para la Casa Blanca, ha tenido que detener el programa del helicóptero en un intento por rescatarlo. Según el Washington Post, los costos del programa se han casi duplicado desde $6.100 millones en 2005 hasta $11.200 millones hoy día, y el cronograma se ha atrasado significativamente.

Dicho deslizamiento del costo, cronograma o desempeño es común en los programas de defensa, debido a la poca competencia—la base del mercado comercial—que existe a nivel del contrato principal o del subcontrato en la industria de la defensa. Además, las empresas ofertan resueltamente con un precio excesivamente bajo (“buy in”) para obtener el contrato, y luego confían en la probabilidad de que puedan cobrarle al Departamento de Defensa muchos dólares cuando se hagan cambios a los muy específicos requisitos militares—los que inevitablemente ocurren. En el caso del VH-71, Lockheed Martin ha alegado que la Marina ha añadido 1.900 requerimientos desde que el contrato inicial fue suscripto. (La Marina niega este numero, pero no niega que los requerimientos se han vuelto tan exigentes que la totalidad de la aeronave EH-101 sha tenido que ser rediseñada por completo para crear un VH-71). De este modo, la comparación del entonces Secretario de Defensa Donald Rumsfeld de la groseramente ineficiente industria estadounidense de la defensa con la planificación centralizada soviética fue enteramente apropiada—siendo ambas zonas libres de la competencia.

A pesar de que Eisenhower, un ex general, fue quien primero advirtió del “complejo militar industrial” (que en verdad debería haberse denominado el “complejo militar-industrial-parlamentario”), Harry Truman realmente lo inventó. Hasta la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos carecían de una industria de la defensa especializada. Cuando surgía una guerra, las fabricas civiles se convertían a la producción militar y luego se reconvertían a la producción comercial una vez que la guerra había finalizado. Pero Truman creó la primera industria especializada de la defensa en la historia de los EE.UU., al concederle negocios permanentes en materia de defensa a empresas “privadas” durante las épocas de paz. Así, no fue ninguna coincidencia que a diferencia de los periodos que siguieron a todas las guerras anteriores—incluidos los primeros años de la Guerra Fría subsiguientes a la Segunda Guerra Mundial—los Estados Unidos no desmovilizaron a sus fuerzas armadas después de la Guerra de Corea. De ese modo nacían las primeras grandes fuerzas armadas en épocas de paz en más de 175 años de historia estadounidense. Incluso durante el empate nuclear entre las superpotencias durante la Guerra Fría, las presiones para utilizar a las históricamente vastas fuerzas de los EE.UU. en áreas pequeñas demostraron ser demasiado intensas como para resistirlas. Por lo tanto el acompañante de las atípicamente grandes fuerzas armadas en épocas de paz que siguieron a la Guerra de Corea fue una no tradicional política exterior intervencionista de los EE.UU..

Tales hechos deberían alarmar a aquellos conservadores tradicionales que defienden una política exterior estadounidense más moderada pero que guardan silencio cuando alguien menciona recortar el presupuesto de defensa. Pero sí se quiere eliminar la tentación de Albright, un recorte de la masiva base del presupuesto de defensa que está bien por encima de los $500 mil millones al año (sin contar el costo anual de las guerras en Irak y Afganistán), y la proyección de armamentos de poder ofensivo contenida en él, es una obligación.

¿Pero cómo puede ser recortado el presupuesto de defensa sí todas aquellas empresas de defensa están presionando a sus senadores y congresistas por más de la dadiva? El legado de Harry Truman debe ser modificado. Una industria dedicada exclusivamente a la defensa debe ser erradicada. Los muros alrededor de la industria de la defensa que impiden la competencia deben ser derribados de modo tal que las firmas con principalmente actividades comerciales puedan competir por contratos de defensa. El primer paso en este proceso sería insistir en que los servicios armados morigeren sus requerimientos exclusivos y excesivamente rigurosos a nivel del subcontrato. En otras palabras, las fuerzas armadas de los EE.UU. deberían ser obligadas a utilizar partes comercialmente disponibles—o que dichas partes puedan ser fácilmente modificadas para los requerimientos militares—en sus sistemas de armamentos.

De este modo, en una movida al estilo de “regreso al futuro”, los subcontratistas—igual que solía hacer la totalidad de la maquinaria de la producción bélica en los viejos tiempos—serian capaces de entrar y salir de la producción para la defensa en la medida que las amenazas militares a los Estados Unidos suban y bajen. Sí los subcontratistas pudiesen moverse libremente de la producción comercial a la de armamentos y viceversa, menos presión surgiría para mantener alto al presupuesto de defensa durante épocas de baja amenaza (por ejemplo: en el presente, el terrorismo no exige mucho dinero para combatirlos). Con presupuestos de defensa más bajos y unas fuerzas armadas más modestas y orientadas defensivamente, la tentación de Albright de intervenir excesivamente alrededor del mundo también se vería reducida.

Traducido por Gabriel Gasave

Fuente: El Instituto Independiente

*Asociado Senior y Director del Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.